Alfredo Abadías Selma, que participó en el evento organizado por Padres Formados el 16 de noviembre de 2024, ofrece una panorámica completa sobre la violencia filio-parental (VFP) en España, un fenómeno que, aunque no constituye un delito autónomo en el Código Penal, sí se manifiesta a través de múltiples conductas tipificadas: maltrato habitual, amenazas, vejaciones o daños contra los progenitores. La VFP se describe como un conjunto de actos reiterados —físicos, psicológicos, verbales o económicos— que generan un clima de auténtico terror en el núcleo familiar. Esta habitualidad, subraya la jurisprudencia, es el elemento que permite distinguirla de conflictos puntuales o episodios aislados.

Pese a su gravedad, existe una cifra oculta muy significativa: apenas un 10% de los casos llegan a los juzgados. Las madres continúan siendo las principales víctimas, especialmente en contextos de monoparentalidad, precariedad o fragilidad emocional. La ausencia de repunte tras la pandemia —según datos de Fiscalía— se atribuye a la reducción del tiempo en pandillas, el menor consumo de tóxicos y el reforzamiento de la convivencia familiar, aunque las cifras permanecen en niveles preocupantes.
El fenómeno es complejo y multicausal. Factores familiares como los estilos educativos incoherentes, la falta de límites, la pérdida de jerarquía parental o la baja cohesión emocional, se combinan con variables individuales del menor: baja autoestima, egocentrismo, impulsividad, dificultades de regulación emocional, consumo de sustancias o patrones de conducta desafiantes. La VFP suele seguir un ciclo reconocible —tensión, estallido, reconciliación y calma aparente— que puede cronificarse si no existe intervención especializada.

Las consecuencias impactan a toda la estructura familiar. Las víctimas experimentan ansiedad, depresión, sentimientos de culpa y, en ocasiones, aislamiento social. Los agresores, por su parte, quedan atrapados en una espiral de violencia que deteriora su ajuste emocional, académico y social, aumentando la probabilidad de reproducir estos patrones en la vida adulta.

A pesar de los avances, persisten retos significativos. La falta de financiación estable, la desigualdad territorial en los recursos y la dificultad política para consensuar estrategias estatales han frenado intentos legislativos en 2017 y 2021. La mayoría de los casos continúan sin denunciarse por vergüenza, miedo o desconocimiento. Como señala el propio análisis, “el miedo pesa”, y este peso sigue siendo uno de los mayores obstáculos para que las familias pidan ayuda.

Desde SEVIFIP insistimos en la importancia de visibilizar esta violencia, comprender su complejidad y fortalecer las redes de prevención, intervención y acompañamiento. La VFP no es un destino inevitable: es un fenómeno que puede abordarse con conocimiento científico, apoyo institucional y una intervención familiar integral que permita recuperar la convivencia y reconstruir los vínculos.

Visualiza el vídeo «La violencia filio-parental y la reinserción del menor infractor»:

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