Cuando los conflictos entre progenitores se judicializan de manera continuada, el impacto sobre los hijos puede intensificarse hasta derivar en conductas violentas hacia sus propios padres. No se trata de hechos aislados, sino de dinámicas emocionales que se van consolidando en contextos de tensión crónica.

Los menores expuestos de forma reiterada a procedimientos judiciales, disputas prolongadas o evaluaciones constantes viven una realidad que sobrepasa su capacidad de regulación emocional. Para muchos de ellos, la sensación de estar “siempre en juicio” se traduce en ansiedad, frustración y comportamientos impulsivos que pueden desembocar en agresiones físicas, verbales o actos de desobediencia extrema dentro del hogar.
Este escenario se agrava cuando el conflicto parental permanece abierto durante años. La sobrecarga emocional, la competitividad entre figuras parentales y la percepción de inestabilidad pueden llevar al menor a adoptar conductas de poder invertido: desafiar, humillar o ejercer control sobre uno de los padres, generalmente aquel que percibe como más vulnerable o sobrecargado.

Es necesario que los juzgados y los profesionales del ámbito legal incorporen formación específica para detectar indicadores de riesgo en menores que atraviesan procesos de litigio familiar. La violencia filio-parental no surge de la nada: se gesta en entornos de estrés sostenido, lealtades divididas y ausencia de espacios seguros donde los hijos puedan expresar su desconcierto sin miedo ni presión.

Lee el artículo «De hechos ocasionales a verse habitualmente en los juzgados: aumenta la violencia de hijos hacia padres» de María De Toro del medio digital El Debate

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