Una investigación desarrollada en Zúrich (proyecto z-proso) y publicada en European Child & Adolescent Psychiatry ha analizado la evolución de la agresión física de hijos e hijas hacia sus padres desde la preadolescencia hasta la adultez temprana. El estudio, basado en el seguimiento de más de 1.500 jóvenes, identifica un incremento de estas conductas al inicio de la pubertad, con un punto máximo alrededor de los 13 años y un descenso progresivo posterior.
Los datos indican que una parte significativa de los adolescentes reconoció haber ejercido algún episodio de agresión física hacia sus progenitores en ese periodo evolutivo. Aunque en la mayoría de los casos se trata de conductas puntuales, la investigación advierte que la reiteración aumenta el riesgo de cronificación. Asimismo, se señalan factores asociados como dificultades en la autorregulación, presencia de sintomatología vinculada al TDAH y contextos familiares con elevados niveles de conflicto.
El estudio subraya la importancia de la intervención temprana y del fortalecimiento de competencias parentales y emocionales como elementos protectores. La evidencia apunta a que cuando la violencia se consolida como estrategia para resolver desacuerdos, su persistencia es más probable, lo que refuerza la necesidad de prevención especializada en etapas iniciales del desarrollo.
Lee el artículo de Eduardo Martínez en el medio digital Levante: El Mercantil Valenciano
