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Urra: "Los padres temen a un niño de 8 años porque no saben poner límites"

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Aunque parece un problema reciente, ya en los años ochenta había conocimiento, entre algunos profesionales, de la existencia de casos de violencia filio-parental. Desde el campo de la psicología, esta realidad se relaciona con una clara dificultad de base social, a pesar de que se tiende a culpar a los padres de la educación que dan a sus hijos. Javier Urra es una de las figuras fundamentales en el tratamiento de la violencia filio-parental. Como Defensor del Menor de la Comunidad de Madrid, cargo que ocupó hasta 2001, pudo dar voz a este problema y situar a España por delante del resto de países. Los españoles comenzaron a ser conscientes de la existencia de este asunto, el sistema se activó y, con él, la sociedad. Toda esta cadena de acontecimientos ha permitido a Javier Urra generar con GINSO un equipo de profesionales compuesto hoy por cien personas, entre ellas psicólogos, psiquiatras, abogados, etc., dando lugar a RecURRA-GINSO. En la actualidad, en sus centros tratan a noventa y seis jóvenes, el máximo que Sanidad les permite, de la que dependen por ser un centro terapéutico sanitario.

¿Cómo comienza el proceso una vez que un chico/a acude a uno de vuestros centros?

Hay un problema, pero partimos de la base de que no hay culpables. Tratamos a padres e hijos. Los chicos llegan voluntariamente y durante un mes no pueden comunicarse con los padres. No tienen teléfono, ni televisión, ni ordenador....

¿Cómo se trabaja con los padres? ¿Qué les diferencia de los hijos, a la hora de tratarlos?

Con los padres se trabaja en pareja, a título individual y en grupo. En el último caso, reunimos tres veces al mes un máximo de 18 personas, con dos terapeutas.Una de las veces hay una reunión entre el hijo, que suele estar interno una media de diez meses, los padres y el psicólogo. Al principio los padres ven el foco del problema en el joven, pero al finalizar su opinión ha cambiado. Los chicos cambian mucho, en cambio a los padres les cuesta más, quizás por edad, pero al acabar el tratamiento están convencidos de que necesitan más sesiones.

¿Cuál suele ser el estilo de vida de los jóvenes antes de llegar a vuestros centros?

Los chicos consumen alcohol y, sobre todo, cannabis. Han aprendido que no quieren estudiar ni trabajar; de hecho, su filosofía de vida es: "A mí me han traído al mundo, yo no he pedido venir". Los porros y el alcohol no son el problema, pero sí que lo agravan. No están a gusto, no se sienten bien en su vida, con sus relaciones, y se vuelcan en la familia. Suelen consumir por la mañana, lo que significa que no van al colegio.

¿Cómo puede llegar una familia a esta situación?

Suele haber un procedimiento prácticamente automático: se empieza gritando, se pasa al insulto, de ahí al maltrato emocional, después viene la ruptura y, por último, la agresión física. El cien por cien de las agresiones la sufren las madres, pero este dato no es sinónimo de violencia de género, lo cual no quiere decir que el día de mañana quien agrede a su madre no vaya a agredir a su pareja. En el caso de las chicas, la violencia física es menor. Ellas tienen una mala vivencia del cuerpo, que se traducen en complejos, y unas características de personalidad que las hace más complejas.

¿En qué niveles socioeconómicos y culturales suelen darse más estas situaciones?

En todos. A veces falta poner límites o normas con corta edad. Hay un porcentaje altísimo de padres médicos. Tan importante es mejorar al hijo como a los padres, porque estos últimos están todavía en la etapa en la que marcan las normas. Los chicos están muy a gusto, se recuperan, se arrepienten de lo que hacen. La sociedad tiene la idea de que los padres son culpables porque no los han educado bien, pero hay de todo: padres patológicos, padres 'light'... En definitiva, no saben decir "no".

¿Dónde reside el problema realmente?¿Cuál es la causa?

La sociedad sufre una pérdida de autoridad clarísima, y los padres un gran sentimiento de culpabilidad al creer que lo hacen mal y pensar que tienen que hacer feliz al niño. Los chicos sufren. Hay también padres buenísimos, algunos de ellos con varios hijos que creen, a excepción de uno, que son inmejorables. Hay chicos que en su fuero interno dudan que sus padres les quieran. Los padres tienen miedo a un niño de ocho años porque no saben poner límites desde un principio.

¿Qué salida les ofrece RecURRA-GINSO?

Los chicos van a poder volver a un hogar donde puedan convivir, donde al menos haya respeto, ya que el setenta y cinco por ciento se recupera. Hay muy buen ambiente en los centros, incluso hay chicos que piden quedarse. En nuestros centros procuramos cuidar mucho la liturgia: en navidad los reunimos a todos, se hacen muchas actividades, como la fiesta de san Juan o acampadas en grupos con un máximo de quince personas. Recientemente hemos empezado a trabajar con los hermanos y, personalmente, creo que deberíamos empezar a hacerlo con los abuelos.

¿Podemos decir que ya hay una conciencia real de la existencia de la violencia filio-parental en la sociedad?

Estamos ayudando a ello. De hecho el siete de octubre se celebra el Congreso de Barcelona de Justicia y Violencia Filio-Parental. Hoy estamos un poco más concienciados. Algún programa de televisión ha ayudado también, al menos, a que la gente sepa de la existencia de este problema. También tenemos un módulo en la UNED sobre violencia filio-parental. Por otro lado, la Academia de Psicología de España, de reciente nacimiento, nos podrá aportar reflexión.

¿Os queda algo por hacer en RecURRA-GINSO?

Esto es un problema social, no solo de quien lo tiene en casa. Las cifras nos plantean la necesidad de trabajar con chicos mayores de dieciocho, es una demanda social clarísima, lo que nos plantea una gran dificultad porque no podemos mezclarlos con menores en el centro. En base a los datos que manejamos, creo que deberíamos crear un centro para jóvenes de dieciocho a veintisiete años también.

Como experto en la materia, y en relación con suicidio de la joven del IES Ciudad de Jaén, CERMI ha denunciado la desaparición de la figura del Defensor del Menor es un retroceso. ¿Qué tiene que decir al respecto?

La gente no sabe lo que sufre un niño machacado. Los colegios deben ser más nobles y la Fiscalía debe incidir más. Desgraciadamente, lo que no se ve en la sociedad no existe. Está claro que falla la base social, pocos padres de chicos agresores piden perdón, no es un problema de escuela, aunque también. Existe una pérdida de autoridad en los profesores, la ciudadanía, las instituciones...

Hasta el momento, desde RecURRA-GINSO han atendido más de cinco mil llamadas en su teléfono gratuito, en el que prestan servicio desde las nueve de la mañana hasta las nueve de la noche: 900 65 65 65. Una vez que reciben la llamada, realizan una entrevista telefónica que dura alrededor de una hora, en la que han podido percatarse de un dato curioso: el ocho por ciento de las personas que deciden llamar dicen no poder controlar a sus hijos de menos de siete años.

 

Noticia original: AQUI

 

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